Poemas 2010

Occidente

Seis de la tarde, languidece el tráfico,
el sol casi se muere en las cortinas
mientras mis ojos lentamente nadan
hacia la superficie entre los párpados.

En medio de la tarde sinuosa
la sombra espesa a mi alrededor.
Voy de la luz hacia la oscuridad
con nostalgia del mundo que dejé.

Tan cerca y lejos de la revelación,
irisaciones sobre el alquitrán
y las pantallas negras que espejean.
Un destello me llama tras los vidrios.

Envuelta en las tinieblas ando sola
y ciega voy buscando la cocina.
Hay hielo en el pasillo esta tarde de enero
que es un cuchillo entre dos mundos.

El fluorescente blanco  no destruye
ese brillo lunático en los vasos,
ni se puede apagar el paraíso
a un simple toque del interruptor.

El agua borbotea en el hervidor,
flotan las hojas secas en su lecho oscuro.
Los rumores refulgen desde el fondo.
Ahora no es tarde para despertar.


Atmen

el viento desdibuja tu cara
se filtra por tus poros tus costuras
diluyendo el color lágrima abajo

así que sopla el aire difumina
tu melena en el agua el alga verde
ahogándola en una selva de reflejos

pasa la brisa agrietando tu frente
tramontana de ayer galerna del recuerdo
exhala velas hacia el horizonte

transparentan las nubes a jirones
esos huesos de arena y cuencas huecas
que fueron tuyos antes del temporal

sopla este viento desde el primer día
su música tu oído su corriente tus venas
tu  ombligo el ojo del huracán

ese ciclón solar te lleva ahora
disgrega en átomos tu fisonomía
la esparce en la tormenta que no amaina


La adivina

Una vieja encorvada acaricia
ese orbe sin párpado donde se leen los sueños;
donde el futuro, eternamente recordado,
gira y gira persiguiendo al sol.

Allí la luz se ondula llena de peligros,
allí ríos de lava  purifican la noche.
Allí crecen las sombras redimiendo los días,
todo lento y holgado, repetido y redondo.

Anciana: búscame un rostro en el mar,
los ojos que se hundieron,  náufragos  de mi vida,
para que en ellos pueda leer
mi historia, que aún no ha sucedido.

¿Ves los muertos? ¿Sus frentes curvas, blancas?
¿Cómo abren las bocas dentro de esta pecera
sin saber si devoran o profetizan?
Creí que les llamaba y ellos me han convocado.

Nuestros dedos se tocan a través  del espejo,
y aunque mi aliento empaña el cristal,
un relámpago azul galvaniza mis huesos
dispersando la niebla que separaba ayer de hoy.

Los muertos son tan jóvenes, irradian tal corriente
que tormentas eléctricas arrasan esta esfera,
y se requieren manos esqueléticas
de una hembra antigua para dar a luz,

pues siempre ha ardido  así la bola del destino
dentro del ojo de la noche negra
mientras caen las monedas en el saco sin fondo
de una vieja encorvada, bruja y comadre.


El baño


desnudarse una tarde de verano
cuando empieza a ponerse el sol
quitarse la ropa a jirones
dejarla caer al borde del mar

de puntillas sobre la arena negra
dedos rozando el cristal
hundirse en los destellos
para perder el cuerpo y olvidar

ojos abiertos simas abisales
las cuencas negras que atraviesa un pez
el mundo al otro lado del espejo
corrientes plateadas por  la piel

los oros de aquel cielo sobrevuelan
un rojo de recuerdos nombres mudos
caer hacia la sombra ser el agua
silenciosa en los tímpanos vacíos

la ola el ala blanca la galerna
cristalizan los dientes los moluscos
mueve el planeta una marea eterna
desmoronando playas cada tarde

desnudarse una tarde de verano
cuando empieza a ponerse el sol
quitarse la ropa a jirones
dejarla caer al borde del mar


Los viajeros perdidos

en el desierto los pasos
sobre la arena se borran
arabescos de la tormenta
huellas frágiles 

el hielo de la noche
el ardor de los días
convierten en luna la calavera
y el aire en espejismo

avanza lenta la caravana
por la extensión temible
sacudida por vientos
que nos engullen 

el sol al amanecer repite
cantinelas de muazzines
en tímpanos vacíos resuenan
sordas las huellas de los peregrinos

entre dunas reptando mi memoria
mi historia arrastrando los pies
como un sueño al borde de la madrugada
o el estallido de un ave que imaginé

sin dirección
eternamente regresando
caminando en círculos sobre la arena
para nunca volver


Las inmortales

In memoriam P.

Carcomidas y enteras,
con los pétalos juntos,
soldados como una herida.

Paralizadas por el frío,
abrasadas por el sol,
labio apretado contra el viento,
rechazando la lluvia.

Sin nacer, cicatrizadas,
aunque un insecto les cave
un ojo en el costado.

Cáliz sin boca levantan,
vientre hueco mordido,
abarrotado de huevos
por la larva que lo penetró.

Caen por su peso negro,
demolidas por el invierno,
sin buscar primaveras.

De la nada a la nada,
duras y libres,
son madres de la sombra,
no pueden morir.