Viajando por la luz hacia la oscuridad,
la habitación de matrimonio,
bulbos malva en rígidas cascadas
pared abajo, guirnaldas verticales
recortando la penumbra,
y el pájaro cautivo lacerándose la garganta
desde aquellos balcones de otro mundo.
La oscuridad pesaba sobre mi cuna
grávida de rostros, los niños de Biafra
cada noche espiando en blanco y negro
al otro lado del espejo,
mientras la primavera se enardecía en los patios.
En un atardecer chillón de golondrinas
yo me hundía en el magma originario.
Se ondulaban los tules, las tinieblas
penetraban el fondo del cristal
con un reflejo de cráneo y nácar
sobre las aguas cada vez más turbias.
Hilo de luz por la puerta entreabierta,
me llegaban rumores de otra vida
en otra habitación, simétrica y extraña.
Pero olvidando todo yo me hundía
braceando hacia el centro de la tierra
a una velocidad vertiginosa,
el sol precipitándose con su pupila roja,
espirales de lava, remolinos de sangre vientre abajo,
hacia ese resplandor detrás de la cortina,
viajando por la sombra hacia la luz.