14 may 2011

Jardín botánico de Montjuïc

Mis huesos verdes se agitan
y florece el vendaval.
Los vencejos acuchillan
nubes sobre la ciudad.

Las gazanias esplendentes
y las glorias matinales,
los ágaves celestiales,
los aromas escondidos,

los nenúfares que en sueños
navegan cristal y olvidos,
los capullos enrampados
e irises humedecidos.

Al atardecer mis dedos
se alargan hacia un final.
La sombra me ha perseguido.
Al otro lado está el mar.

La hoja en blanco

La hoja en blanco,
ventana abierta,
los ojos de una muerta.

Las alas han huido,
la noche se ha vertido
en una alberca negra.

Cuello desnudo,
mano deshabitada,
las cuencas huecas.

El vientre abovedado,
la voz del otro lado,
vena de mármol.

La luz redonda    ciega
el campo tras la siega.
Sombras de luna llena

Las raíces heladas,
las ramas despojadas,
los abrazos de piedra.

Madre

Cabecea como una barcaza demasiado cargada
por unas aguas densas cada vez más turbulentas,
roja de ira, el mascarón de proa apuñalando la tormenta,
las velas a jirones, toneles desventrados rodando en la cubierta,
las manos retorciendo el timón en rebeldía.

Por supuesto estas imágenes no pueden salvarla,
ni menos yo que entretengo así las horas.
El naufragio es seguro, la fiebre refulge, ruge en los ojos,
remamos contra el enemigo, el horizonte se aleja
y teñiremos el atardecer con nuestra sangre.

El puerto queda atrás, en una vida antigua
con muelles y aduanas y un barrio marinero
donde las noches sin luna espejeaban los cuchillos.
Pero aún así pagaríamos a gusto el precio del amarre
con tal de refugiarnos de esta tempestad que no amaina.

El casco se ha agrietado, entra agua a borbotones,
y tras los nubarrones un resplandor apenas ilumina
un cráneo obsesionado que el vendaval abofetea
con su aleteo negro. Como la tierra se levanta el mar,
volcánico, celeste, en vísperas de la creación.

Mi cuna

Viajando por la luz hacia la oscuridad,
la habitación de matrimonio,
bulbos malva en rígidas cascadas
pared abajo, guirnaldas verticales
recortando la penumbra,
y el pájaro cautivo lacerándose la garganta
desde  aquellos balcones de otro mundo.
                                                  
La oscuridad  pesaba sobre mi cuna
grávida de rostros, los niños de Biafra
cada noche espiando en blanco y negro
al otro lado del espejo,
mientras la primavera se enardecía en los patios.
En un atardecer chillón de golondrinas
yo me hundía  en el magma originario.

Se ondulaban los tules, las tinieblas
penetraban el fondo del cristal
con un reflejo de cráneo y nácar
sobre las aguas cada vez más turbias.
Hilo de luz por la puerta entreabierta,
me llegaban rumores de otra vida
en otra habitación, simétrica y extraña.

Pero olvidando todo yo me hundía
braceando hacia el centro de la tierra
a una velocidad vertiginosa,
el sol precipitándose con su pupila roja,
espirales de lava, remolinos de sangre vientre abajo,
hacia ese resplandor detrás de la cortina,
viajando por la sombra hacia la luz.

Metro de Can Serra

Se besaban con hambre a la puerta del metro
el día que empezaba la ola de frío.
Un poco más arriba en la calle una acacia
reflejaba el sol verde y acerado de enero.

Hacía viento, alguien moría,
alguien estaba naciendo.

Pasaron veinte años a la puerta del metro,
el hambre de las bocas ya se había saciado.
Por la cuesta subían los viejos ateridos,
y la acacia movía sus alas por el cielo.

Hacía viento, alguien moría,
alguien estaba naciendo.

Pasó un siglo en la Tierra, el metro estaba en ruina,
la acacia era un madero astillado en el suelo.
Los hocicos roían los escombros  del hambre,
los ecos y los nombres, y los brotes de enero.

Hacía viento, alguien moría,
alguien estaba naciendo.

La cuesta se hizo llano y los raíles río.
Entró el mar en las bocas, que saciaron su hambre.
Pronto hasta las raíces olvidaron el cielo,
sueño bajo las aguas, anegado de frío.

Hacía viento…