Se besaban con hambre a la puerta del metro
el día que empezaba la ola de frío.
Un poco más arriba en la calle una acacia
reflejaba el sol verde y acerado de enero.
Hacía viento, alguien moría,
alguien estaba naciendo.
Pasaron veinte años a la puerta del metro,
el hambre de las bocas ya se había saciado.
Por la cuesta subían los viejos ateridos,
y la acacia movía sus alas por el cielo.
Hacía viento, alguien moría,
alguien estaba naciendo.
Pasó un siglo en la Tierra, el metro estaba en ruina,
la acacia era un madero astillado en el suelo.
Los hocicos roían los escombros del hambre,
los ecos y los nombres, y los brotes de enero.
Hacía viento, alguien moría,
alguien estaba naciendo.
La cuesta se hizo llano y los raíles río.
Entró el mar en las bocas, que saciaron su hambre.
Pronto hasta las raíces olvidaron el cielo,
sueño bajo las aguas, anegado de frío.
Hacía viento…