Poemas 2000-2010

Tu nombre

Tu nombre abandonado todavía evoca en mí
un cansancio y dulzura que no he vuelto a conocer.
Aún arrastra las duras consonantes del amor,
y la sombra de un suspiro, quien quería y no fui.
Ahora tengo tu edad de entonces.

Tu nombre abandonado retrocediendo el tiempo
río arriba, tras cartas y tus manos raíces,
y mis palabras últimas, que el silencio estancó.
Hacia el origen, las mañanas de marzo,
cuando la soledad es nueva, inexperta y amante.

Mucho escribí, y llevaba tu nombre.
Recuerdo bien tus nudos, tus dedos garra y hueso.
Un caballo testarudo tu cráneo castellano.
Como áspero bronce electrizado el pelo.
Esto prueba que el deseo esculpe todas las cosas.

Tu nombre mismo parecía un milagro.
Que vinieras de lejos a decirme palabras.
Extranjera entre viejas paredes de la escuela.
No era humana tu forma, erguida en la tarima.
Hora tras hora tus ojos devoraban mis labios.

Y eras una víbora que el destino había inventado
tan sólo para mí, y tus hermosos dientes
tentaban mi pálida carne. Pero cuando alargaba
mis cuello para amarte, un timbrazo furioso te rompía,
y a la hora del patio te miraba perderte calle abajo.

Tan sólo la canción permanece
en mi vida que es árida y delgada a veces.
Subterránea, inaudible. Tu risa color ámbar sepultada,
cuyo nombre,  como dijo el poeta,  al cabo de los años
todavía no puedo oír sin escalofrío.

Lamia

En mí se oculta el nombre de Atenea,
en mi espalda yergue su cresta el dragón.

Reina de arenas libias, ciega y vidente,
omnívora garganta serpentina.

Reptiles rizan mi melena gorgona,
aúlla el viento entre mis dientes.

Mis ojos pozos que el desierto cava,
mi lengua un látigo sobre las dunas.

Venenos sibilantes el utero susurra:
enterrará en sus sueños a todos cuantos nacen.

 

Lunática

es insomne es oscura
su residuo murmura
un reguero en la noche

con el vientre arrastrando
por arroyos cansados
susurrar de aguas rotas

habla para sí misma
perdida en la marisma
entre visiones negras

una lengua de plata
un largo amor que mata
derramado en el delta

 

Calle Ginebra

                        After the first death, there is no other.
       Dylan Thomas
se ha parado el reloj
el dial está quieto
y una débil corriente
tiembla en el filamento
turbando el sueño de las máquinas

los retratos se han velado
son ojos en la niebla
el envés de una mano
acariciando un lomo de ceniza
rozando un cortinaje

gotea el tiempo en el fregadero
como el sol otoñal se desliza
entre lamas repintadas
de una vieja persiana de madera
verde industrial oscuro

aunque el mar está cerca
no se ve ni se oye
pasan las gaviotas
como si fueran mudas y sus chillidos
sonidos de otro mundo

la lluvia en el balcón
aprisiona arabescos en el hierro
se derrama con brillo demente
por una pupila senil
que ya no está

en la despensa llena de espíritus
recuerdos de café
y hogazas vaciadas
la porcelana lenta se derrumba
se empañan y oscurecen los cuchillos

y el blanco lecho mortal
el balancín como una estatua
los tapetes tiesos bajo los vidrios
son presencias absortas en el aire
polvoriento y translúcido

porque todo está vivo
porque nada ya puede morir