Cabecea como una barcaza demasiado cargada
por unas aguas densas cada vez más turbulentas,
roja de ira, el mascarón de proa apuñalando la tormenta,
las velas a jirones, toneles desventrados rodando en la cubierta,
las manos retorciendo el timón en rebeldía.
Por supuesto estas imágenes no pueden salvarla,
ni menos yo que entretengo así las horas.
El naufragio es seguro, la fiebre refulge, ruge en los ojos,
remamos contra el enemigo, el horizonte se aleja
y teñiremos el atardecer con nuestra sangre.
El puerto queda atrás, en una vida antigua
con muelles y aduanas y un barrio marinero
donde las noches sin luna espejeaban los cuchillos.
Pero aún así pagaríamos a gusto el precio del amarre
con tal de refugiarnos de esta tempestad que no amaina.
El casco se ha agrietado, entra agua a borbotones,
y tras los nubarrones un resplandor apenas ilumina
un cráneo obsesionado que el vendaval abofetea
con su aleteo negro. Como la tierra se levanta el mar,
volcánico, celeste, en vísperas de la creación.