Mis huesos verdes se agitan
y florece el vendaval.
Los vencejos acuchillan
nubes sobre la ciudad.
Las gazanias esplendentes
y las glorias matinales,
los ágaves celestiales,
los aromas escondidos,
los nenúfares que en sueños
navegan cristal y olvidos,
los capullos enrampados
e irises humedecidos.
Al atardecer mis dedos
se alargan hacia un final.
La sombra me ha perseguido.
Al otro lado está el mar.