Mi nombre es tan delgado que ya ni lo oigo.
Cuando la gente me habla miro a otro lado.
Me perdí en el espejo y al volver a mi casa
mi cara era una vieja demoiselle d’Avignon.
Los años al rodar me gastaron el nombre.
Se volvió hueco igual que una ventana.
Taladraron mi cráneo persiguiendo una sombra.
Mucho antes de llegar, se habían ido.
Si alguno se enredó en mi negra pelambrera,
escapó tropezando, maldiciendo mis huesos.
Otros se despedían sin poder encontrarme
mientras yo me ocultaba a la vista de todos.
Desde entonces mi nombre no significa nada.
Ya no hay nadie detrás, tan sólo este espantajo
que recita sin cuento ni canción para nadie.
Pelele vaciado, sucio, hecho a pedazos.
Sin nombre el viento mueve mis miembros y me riza
los párpados al ritmo de los días que pasan.
Oh mecerse en la ira del viento, el vencejo, el cuchillo,
sin nombre, sin edad, sin ojos y sin manos…